

En la era del "selfie" y el consumo sin fin, la “autosuficiencia” se alza como la medalla de oro. Nos bombardean con la idea de que el éxito se cuece en solitario, arrinconando la importancia del "nosotros". Pero, ¿estamos cayendo en la trampa de un individualismo extremo que nos aísla en lugar de liberarnos?
El particularismo, esa tendencia a levantar muros entre lo personal y lo social, ha mutado en un ”individualismo feroz”. Se nos vende la dependencia como un estigma, cuando la historia grita que los grandes saltos de la humanidad se dieron hombro con hombro. Este credo individualista no es casualidad, responde a un sistema que premia la competencia y mira con recelo la interdependencia.
Las redes sociales, espejos deformantes de vidas perfectas y logros solitarios, alimentan esta ilusión de “bastarse asi mismo”. Pero, ¡ojo! La colaboración no es sinónimo de debilidad, ni el apego una cadena, ni la subordinación, un yugo. Nadie florece en el vacío. La historia nos muestra que incluso los mayores líderes han debido someterse a un bien mayor o a un proceso para alcanzar sus metas.
Afortunadamente, brotan iniciativas que desafían este aislamiento, como la economía colaborativa y los movimientos comunitarios, que fortalecen el entramado social.
Ahora bien: ¿estamos pagando un precio demasiado alto por la ilusión de ser dueños de nuestro propio destino?, ¿Vale la pena la corona solitaria del éxito o es hora de reconquistar el valor de la comunidad y tener en cuenta la alteridad?
