

Hay un mandato social que no grita, pero pesa: para ser bella, hay que desaparecer. Borrar arrugas, borrar historia, borrar cuerpo. La belleza, según el mercado, es la ausencia de tiempo, de fragilidad, de enfermedad. Un ideal higiénico, clínico y costoso, una promesa que se paga con talonario y se cobra con culpa.
Nos venden juventud como si fuera virtud, como si envejecer fuera un error que hay que corregir. Pero hay otra belleza, más incómoda, más poderosa: la belleza que no pide permiso. La belleza como presencia, imperfecta y normal.
La vejez no es derrota, es territorio. El cuerpo lento, el rostro surcado, la voz que ya no se disculpa, eso también es belleza. Es el cuerpo que no compite, que no se justifica, que simplemente está. Y estar, en esta cultura del filtro y la prisa, es un acto radical.
Dejar de perseguir la juventud es un gesto político, es decirle al sistema: “No me borro para gustarte”. Me quedo entera.” Es habitar el cuerpo como archivo vivo, como mapa de batallas y gozos. Es celebrar la biografía inscrita en la piel, sin corrector ni bisturí.
La verdadera belleza no se compra, se encarna. Y empieza cuando dejamos de pedir perdón por estar presentes.
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